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Violencia de género: ¿conocida o desconocida?

Susana GisbertPor Susana Gisbert Grifo.

Seguro que todos, absolutamente todos, sabemos -o creemos saber- qué es la violencia de género. Incluso es muy probable que tengamos una opinión formada, y hasta deformada, de en qué consiste y cómo se regula. Y seguro que también conocemos casos flagrantemente justos o injustos, según quién nos los haya contado y de qué parte estemos. Porque es humano, cada cual ve los toros según le va la corrida. Pero ahí, quizás, radica el primer error. Que todos creemos ver los toros desde la barrera, y a lo mejor estamos, sin saberlo, más cerca de la arena o del burladero de lo que pensamos.

La violencia de género es una lacra insoportable a la que hay que combatir”. Esta frase se ha convertido tanto en un lugar común que la pronuncian los locutores casi de corrido. Y la reproducimos al pie de la letra, sin darnos cuenta del drama que contiene.

Evidentemente, todos nos manifestamos en contra, sobre todo en esos momentos en que hay un cadáver caliente. Nos colgamos un crespón negro, salimos a la calle a hacer un minuto de silencio e incluso, si alguien lo propone, cambiamos nuestra foto de perfil de what’s app o de Facebook o compartimos un enlace reivindicativo. Y con eso, nos damos por satisfechos. Pasan un par de días, y a otra cosa, mariposa. Como si no fuera con nosotros. Y ése es precisamente el problema: que va con nosotros, con todos y cada uno de nosotros, que es un delito repugnante y que merece el más severo de los reproches, como lo merece el robo, o la corrupción, o el terrorismo, por poner un ejemplo. Cada mujer muerta debería pesar sobre nuestra conciencia, pero también debería pesar cada mujer viva que está sufriendo en silencio esta tortura.

La violencia de género ha existido siempre. Y seguirá existiendo si la sociedad no cambia, si la mentalidad no da un giro radical, más allá de minutos de silencio y crespones negros que, por cierto, sólo parecen afectar a la localidad de donde la víctima es oriunda en cada caso. Seguro que todos seguimos recordando con una sonrisa la famosa bofetada de “Gilda”, sin que el personaje de Glenn Ford nos cause repulsión. O aquella canción de los años 70, emblemática de la lucha contra la pena de muerte, que fue “El preso número 9”, de Joan Báez. Al que no la conozca, le invito a que la busque en Internet y reflexione sobre la razón de que esa protesta sobre la pena de muerte tuviera por protagonista precisamente a alguien que “mató a su mujer y a un amigo desleal”. Y también podemos encontrar canciones ochenteras con el mismo patrón, aunque he de reconocer que uno de sus autores juró no volver a interpretarla, lo que, dicho sea de paso, aplaudo.

Los tiempos han cambiado, pero no tanto como creemos. En España tenemos una ley puntera, pionera y avanzada de la que deberíamos sentirnos orgullosos. Es cierto que tiene defectos técnicos, sobre todo en la parte penal, pero cuenta con el raro mérito de haber sido aprobada por consenso de todos los partidos que, hace ahora casi diez años, estaban en el Parlamento. Y apenas ha sido reformada en toda su existencia, lo que la convierte en una rara avis en estos tiempos de motorización legislativa.

¿Qué falla entonces? Pues muchas cosas. En primer lugar, hacer recaer sobre jueces y fiscales el peso de la responsabilidad. Como si en nuestras manos estuviera evitar estos terribles resultados. Pero se olvida que los Juzgados actúan cuando ya todo ha fallado, esto es, cuando el delito ya se ha cometido, en esa bien conocida función de última ratio propia del Derecho Penal. La gente ignora, o parece ignorar, que desde nuestra posición sólo se pueden adoptar medidas, como el famoso alejamiento, cuando ya se ha cometido un delito. Y que si no se denuncia, o la mujer no declara, acogiéndose al derecho que todavía le confiere una ley decimonónica, poco podemos hacer.

Lo que falla, entre otras cosas, es todo lo que antecede a la comisión del delito. La prevención y, sobre todo, la educación. Esas partes de la ley que suelen pasarse por alto como si fueran una mera declaración de intenciones. La publicidad sexista, que inocula un poso de desigualdad, y que ven niños y adolescentes sin que nadie haga nada, la falta de concienciación en escuelas e institutos, la ausencia de sensibilidad en algunos medios de comunicación y tantas y tantas cosas.

Y, por supuesto, los recortes en servicios íntimamente relacionados con este tema, como oficinas de atención a víctimas del delito o casas de acogida. Si no dotamos a la mujer de medios para salir adelante sin el agresor, nunca podrá tomar la decisión de cortar el vínculo, más aun si hay hijos de por medio.

Pero también hay otras cosas demoledoras para estas mujeres. Como la insistencia de ciertos sectores en que muchas aprovechan la ley para lograr una ventaja, como la custodia de los hijos o una paga, y esa obcecación en defender que, pese a los datos objetivos que lo niegan, la cantidad de denuncias falsas es abrumadora. Por supuesto, no negaré que pueden darse unas y otras, o ambas al tiempo. Que el “hecha la ley hecha la trampa” existe en ésta como en cualquier materia. Pero en un número tan anecdótico que no debería tenerse en cuenta. Salvo, claro está, que se trate como denuncia falsa lo que no lo es, y se repute de falsa toda denuncia que por una razón  otra, acabe en un sobreseimiento o una absolución. Cosa que, por cierto, no se hace con ningún otro delito. Y que arroja una presunción de culpabilidad sobre la mujer por parte de quienes, precisamente, alegan que se vulnera la presunción de inocencia de los hombres.

Y son todas estas cosas las que hacen que la violencia de género exista, y que vaya a seguir existiendo. Porque el machismo existe, y siembra la semilla de estas actitudes. Y no siempre lo combatimos. Piénsenlo la próxima vez que rían ante un chiste machista. Y piénsenlo, sobre todo, si tienen cerca actitudes de menosprecio hacia las mujeres por parte de quienes más debían de apreciarlas. Y no duden en acudir o llamar adonde sea preciso. Antes de que sea tarde y tengan que guardar un nuevo minuto de silencio.

Susana Gisbert Grifo

Fiscal

Puede leer más artículos de la autora en su blog o en www.nosinmitoga.com

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