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El pulso entre legalidad y democracia

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Por Josep Rochés

Por fin tenemos fecha y pregunta para la tan esperada consulta, pero no nos engañemos: las cosas no han cambiado tanto. Siguen llegando –y con más fuerza que nunca- los portazos, los palos a las ruedas y las negativas rotundas desde España. Y, alerta!, el Gobierno del Partido Popular ha dejado de ser el abanderado de la causa, porque a sus proclamas se ha sumado con cierto fervor el Partido Socialista, entre otros. Ya tiene narices, con perdón, que éste sea el único aspecto que los una, y no la educación o la seguridad de los ciudadanos, por poner algunos ejemplos al azar. Izquierdas y derechas unidas por una misma causa: que los catalanes no tengamos ni la oportunidad de votar. Éste es el nivel.

Bien es verdad que las discusiones dialécticas entre uno y otro bando ya empiezan a cansar. Mientras tanto, el país está lleno de tertulianos que se deben de ganar muy bien la vida yendo de radio en radio y de plató en plató, pero que ciertamente no aportan nuevas ideas al debate. Y el motivo por el cual cansan e incluso, aburren, es porque en Cataluña y en España no se habla de lo mismo. Y, supongo que estaréis de acuerdo conmigo, cuando en una discusión no se habla sobre lo mismo, es imposible llegar a conclusiones válidas.

¿Os habéis fijado en cuál es el único argumento que utilizan Rajoy, Rubalcaba, Gallardón, Chacón y compañía? la legalidad. Nos estamos cansando de sentir que la Constitución no lo permite, que los Tratados de la Unión Europea nos dejarían automáticamente fuera y que quedaríamos apartados de organizaciones internacionales de las cuales ahora formamos parte. Sería todo un detalle, lo digo bien seriamente, que el Sr. Mariano Rajoy, ahora que ha vuelto del funeral de en Nelson Mandela –al Estadio que tantos buenos recuerdos le trae- la próxima vez que diga que una cosa es ilegal, como buen amante de la legalidad, nos cite qué o qué artículos de qué o qué leyes lo especifican. Los ciudadanos no somos como los Jueces, a nosotros no se nos aplica el principio iura novit curia.

En Cataluña, en cambio, nos hemos emperrado al hablar de algo más abstracto: la democracia. Como somos especialmente tercos, los ciudadanos y los políticos de Cataluña hemos decidido fijarnos objetivos colectivos a través de un camino tortuoso, pero absolutamente pacífico. Nos hemos obsesionado al incluir tantas sensibilidades en el proceso, que ahora resulta que no tenemos una pregunta, sino dos. Hemos querido invitar a la fiesta al partido de un señor federalista que hace cuatro días brindaba por la Constitución con sus amigos del no-no. Y, encima, hemos querido ser tan escrupulosos en el apartado jurídico, que no tenemos una vía para conseguir la independencia, sino cinco.

Llegados a este punto, tenemos que preguntarnos qué argumento ganará el pulso: ¿serán las leyes o será la democracia? Como que no sé qué nos deparará el futuro, me gusta observar el pasado, hoy más presente que nunca: alguien se imagina que el mundo habría rendido el mismo homenaje a Mandela si éste, en lugar de desafiarlas, hubiera obedecido las leyes, abandonando sus ideales?

Uno de los argumentos estrella extraído del manual que utilizan los contrarios a la independencia es la amenaza de salida de la Unión Europea. Así lo afirmó el Presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, un señor que representa a 500 millones de europeos pero que, por cierto, ocupa un cargo para el cual nadie lo ha votado. A pesar de que hasta el día de hoy ningún precedente ni ningún artículo del Tratado de la Unión Europea ni del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea lo prevé, tenemos que aceptar esta posibilidad. Lo que es inaceptable es que no nos expliquen la segunda parte de la cuestión: la obligación irrenunciable de España de ponerse a negociar con Cataluña las relaciones de ésta con la Unión Europea una vez adquiriera la plena soberanía.

Dejando de lado esta discusión legal complicadísima, alguien ha sentido nunca un representante de cualquier institución de la Unión Europea negando el derecho a la autodeterminación de Cataluña? La respuesta es no, porque esto chocaría de lleno con algunos de los pilares fundamentales de la Unión Europea: la democracia y el respecto a las minorías.

La modernidad, el progreso y la libertad avanzan mucho más rápido que las leyes, que no dejan de ser un reflejo de las sociedades y una manera de atrapar los signos del tiempo. Si os fijáis bien, los contrarios a la independencia no levantan sus voces contra la independencia, sino contra la consulta en sí misma. Éste es el miedo que tienen los que se autodenominan “demócratas” hacia la democracia. Y este miedo es el que nos hará ganar el pulso.

Josep Rochés

Graduado en Derecho por la Universidad de Gerona y la University College London. Estudiante del Máster en Abogacía. Analizo la actualidad desde un punto de vista crítico. Me apasiona el deporte, reunirme con amigos y viajar.

 

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