Dos perfiles criminales: Highsmith y Simenon

Por Luis Batlló.

Abogado

Los abogados penalistas intentamos ver, detrás del acusado, una historia de vida. Esto es quizá lo que nos diferencia del resto de operadores jurídicos. Nosotros podemos llegar a conocer el relato más profundo que subyace en la causa, y saber no sólo lo que ocurrió sino también por qué ocurrió.

Por esta razón, se suele decir que nuestra especialidad tiene algo de literaria, al existir un factor humano que trasciende al frío expediente.

Así, a veces, el ejercicio del derecho penal nos permite clasificar algunas de las personas que hallamos en nuestro camino profesional, con dos perfiles de delincuentes muy bien elaborados en la literatura criminal: los creados por Patricia Highsmith y por Georges Simenon, cuyos personajes son antagónicos, pero tienen un denominador común: ambos cometen delitos y ambos, en última instancia, matan.

Pero a pesar de este similar objetivo, hablamos de personas muy diferentes, pues mientras Highsmith nos muestra personajes narcisistas y calculadores, los delincuentes de Simenon son desgraciados, existenciales y muchas veces asociales.

Los protagonistas de Highsmith, como Tom Ripley, son sociópatas funcionales. No matan o cometen otros delitos por pasión o necesidad extrema, sino por conveniencia o por simple miedo a perder su estatus. Suelen ser personas frías y muy inteligentes, con tanto encanto que a veces podemos llegar empatizar con ellos, a pesar de ser unos tremendos manipuladores, o quizá precisamente por esta razón.

En esta clasificación podrían incardinarse algunos delincuentes de “guante blanco”, estafadores complejos, o criminales que cometen un asesinato para cubrir una mentira anterior. Ellos no sienten culpa, sino más bien les molesta haber sido atrapados, y defenderán su inocencia a pesar de tener todas las pruebas en su contra.

Se trata de personas difíciles de defender porque carecen de un remordimiento real y, en consecuencia, siempre darán – incluso a su abogado – una versión diferente de lo ocurrido.

Por el contrario, Simenon, a través de sus novelas “duras” (no las de Maigret), explora a un criminal que es víctima de las circunstancias, de la sociedad o de su propia debilidad psíquica. Sus personajes están empujados al límite por la desesperación, como Kees Popinga en El hombre que veía pasar los trenes, un pequeño burgués que trabaja como comercial, con una vida rutinaria y ordenada, aunque todo sea una frágil fachada.

Se trata de personas comunes que colapsan. Cometen delitos por impulso, miedo, pasión, o pobreza, a menudo con una estructura mental frágil. No son “malos” por naturaleza, sino más bien “desgraciados”, término éste muy simenoniano.

Aquí abundan los homicidios pasionales, el maltrato, los robos motivados por desesperación económica, delitos cometidos siempre bajo una fuerte presión psicológica o de grupo. Son personas con remordimiento post delictivo, que explican el hecho a su abogado tal y como sucedió y ni ellos mismos aclaran por qué llegaron a ejecutar la acción. Se trata, en general, de personas débiles y agobiadas

En estos casos, es mucho más fácil proponer una circunstancia atenuante, como también es más fácil comprender el contexto. Aquí podemos entender más a la persona, pues suele ser una víctima colateral de su propio destino.

En síntesis, podemos hablar de dos tipos de maldad:

La maldad fría de Highsmith, donde alguien parecido a Ripley necesitará al abogado para manipular la ley y seguir siendo impune, donde la defensa es un juego de ajedrez y donde el cliente busca ganar, no ser entendido. Se trata de un trabajo duro, donde costará imponer nuestra estrategia frente a la propia opinión de quien defendemos.

La maldad trágica de Simenon, donde el delincuente necesita al abogado para entender por qué colapsó, como Kees Popinga. Aquí la defensa es una inmersión en la tragedia humana, mucho más gratificante, desde mi punto de vista. Es en estos casos donde podremos sentir más la importancia de nuestra profesión y donde podemos vibrar más con ella.

Mientras Highsmith es la impunidad inteligente, Simenon es el crimen inevitable, y ambos perfiles nos harán entender el espectro completo del criminal que a veces cruza la puerta de nuestros despachos, para ser defendido, o que hallamos en el juzgado, cuando ejercemos la acusación.

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